Techos de cristal, techos de barro

Hace tiempo que vengo dándole vueltas a los motivos por los que el concepto de “feminismo burgués” se ha anquilosado para una buena parte de la izquierda y ha acabado englobando a toda lucha feminista que no consienta en subordinarse a la lucha de clases, ya sean sus promotoras burguesas o trabajadoras.

Ni que decir tiene que ese tipo de feminismo debe ser combatido.

Este posicionamiento heredero de la vieja izquierda se ha visto reforzado por nuevas teorías posfeministas de movimientos innovadores, surgidos desde otros lugares y otras culturas, que califican -no sin razón- al feminismo clásico como “blanco, occidental y burgués”.

Pero el caso es que tanto la lucha de clases como el feminismo tienen su origen y desarrollo básico en esta parte del mundo, por eso quiero centrarme solo en la izquierda más cercana, esa con la que las feministas compartimos origen, historia, cultura y formación.

Esta izquierda sostiene la existencia de un movimiento feminista que persigue solo para las mujeres burguesas sus objetivos de igualdad entre hombres y mujeres y contra las violencias machistas.

Incluso aceptando ese principio, cosa que yo no acabo de ver, no entiendo la necesidad de ir contra esas mujeres, en tanto su lucha no perjudique al feminismo de clase. Es igual que cuando un colectivo pelea por sus derechos laborales y pretende alcanzar un buen convenio que, si se compara con las precarias situaciones de otrxs trabajadorxs, resulta discriminatorio y elitista.

¿Por qué apoyamos la lucha por la consecución de mejoras que solo afectan a un grupo de trabajadores ya de por sí “privilegiados”, aun sabiendo que estos van a dejar de luchar por otros en situaciones similares o peores en cuanto alcancen lo que pretenden?

¿No deberíamos recordarles una y otra vez que el objetivo no es que sus vidas progresen a base de consolidar mejoras laborales concedidas para que puedan seguir produciendo en este sistema capitalista, sino acabar con este sistema?

¿Por qué no vamos contra esos trabajadores cuya lucha hoy en día es tan “burguesa” (y frena tanto o más la lucha de la clase obrera) como la de las mujeres que luchan contra el “techo de cristal”?

Tampoco se critica a los sindicatos en la misma medida en que se censura ese feminismo, y eso que siempre pactan mejoras particulares: no se hace necesario poner de manifiesto en todo momento que estamos en contra, nos afiliamos a ellos, acudimos a sus convocatorias y los apoyamos en sus movilizaciones.

¿Qué ganamos las feministas de clase siguiendo ese viejo “precepto” de la izquierda que nos impele a gastar esfuerzos yendo en contra de otras mujeres, en lugar de simplemente obviar sus reivindicaciones singulares e ir a favor de las que nosotras consideramos justas?

¿Por qué esa necesidad de distanciarnos de sus luchas aunque sepamos que algunas son muy legítimas?

El techo de cristal no debería entenderse solo como el que impide que haya mujeres directivas, ministras o presidentas del consejo de administración de grandes empresas (aceptando que estos cargos femeninos sean malos per se, sin cuestionar al mismo tiempo sus equivalentes masculinos). Techo es también -e igualmente invisible si  no se aprecia- el que hace que haya diez limpiadoras y un encargado, veinte cajeras y un jefe de ventas, cuarenta envasadoras y un jefe de planta, trabajadores ellos, igual que ellas.

Este imperativo pseudosocialista nos obliga también a negar el valor de las legítimas aspiraciones de muchas mujeres por ser lideresas, científicas, presidentas, en la misma medida en que lo han sido siempre, y lo son, los varones, a quienes no se les cuestiona continuamente ni que lo sean ni que lo pretendan: mucho antes de la Revolución de Octubre fueron líderes Lenin y Trotsky y no contra su voluntad, el primero llegó a ser presidente de la Unión Soviética y su sucesor, el dictador Stalin, no es cuestionado precisamente por su condición de hombre. De hecho, si no se hubiese desviado del camino y hubiera seguido los pasos de su antecesor, hoy su figura tendría tantos seguidores como la de aquél.

Por supuesto, entiendo que no es lo mismo presidir un ente contrarrevolucionario, como una corporación empresarial, que un estado soviético, pero si a esos hombres, que lideraron el proceso primero y el estado después, no les hubiesen permitido aspirar a ser altos cargos, ni se les hubiese enseñado y animado a serlo hasta que se ganara la lucha de clases, muy probablemente hoy todavía tendríamos un zar en Rusia.

El colmo de esta exigencia es que, existiendo en el mundo Donald Trump, Vladimir Putin, Salmán bin Abdulaziz o Kim Jong-un, las mujeres tengamos que proclamar nuestro desprecio hacia Ángela Merkel.

La cuestión central del problema que se nos plantea, creo yo, es la aceptación de las mujeres como sujeto, como categoría, como clase, algo que llevan mucho tiempo negando ciertos partidos que basan su lucha precisamente en las identidades de clase. Porque aceptar que existe la categoría mujer como sujeto, al margen de (no además de) las clases tradicionales trabajadora o burguesa, o al menos dentro de la clase trabajadora, implicaría reconocerle unas capacidades, unos derechos, unas necesidades, al margen también de esa categorización. Y eso  parece asustar un montón a aquellos que no pertenecen a esa “clase”, ellos que, siendo tantos o menos que nosotras, son mayoría en las teorías que nos niegan como sujeto.

Y al hacerlo, dejan de lado toda cuestión específicamente femenina que no encaje en la lucha de clases, que no afecte al mundo obrero entendido de la manera más clásica, masculina, occidental y burguesa.

Si es por miedo, por desconocimiento o fruto de su tradición fuertemente masculina, no lo sé, pero el caso es que da la impresión de que les interesara mantenernos divididas, incluso a las mujeres trabajadoras.

¿Será que no ha cambiado nada?

De cristal o de barro, visibles o invisibles, son siempre techos sobre nuestras cabezas.

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