A mis compañeras militantes

Llevo algún tiempo dándole vueltas a una situación de la que no me había percatado antes o no había querido darme cuenta. No sé si este despiste habrá sido debido al vértigo de la acción que me ha arrastrado en la cincuentena, mermada ya mi -de por sí poca- capacidad de atención, o simplemente a una falta de perspicacia innata. El caso es que hoy quiero enmendar un error.

Esa situación a la que aludo tiene todo que ver con las mujeres que pelean su lucha en el ámbito político, algunas de las cuales, como es lógico, frecuentan también nuestro grupo feminista.

Acostumbrada como estoy a oponerme, a argumentar a la contra, sobre todo en el eterno debate entre militancia política o lucha feminista, no había reparado antes en lo conveniente que resulta para mí que haya mujeres, respetadas y admiradas por mí (si no, el debate pierde interés), que se opongan a mis postulados y con las que poder “pelear” políticamente hablando. Para mí es ideal que compartan mi espacio y tener debates con ellas, debates intensos, de cuestiones fundamentales para nuestra lucha…, de los que yo aprendo y con los que me siento reforzada, tanto si acabo más convencida, como si me mueven a cambiar de postura.

El caso es que yo NECESITO que ellas, mis compañeras, combatan y piensen DE OTRO MODO para mi propio enriquecimiento. Y en ese intercambio -interesado por mi parte- de teorías, muchas veces he olvidado lo que ellas necesitan:

Mujeres tan inteligentes, tan capaces, que dirigen solas mítines, encuentros, programas, sesiones, charlas, que mantienen una doble y triple lucha con el sistema, con su trabajo, con su familia y aún les quedan fuerzas para sobrellevar (con ingenio y tolerancia unas veces, pero con rigor y contundencia, otras, intuyo) las discriminaciones de género que seguramente se darán en su entorno de lucha; estas mujeres lo último que necesitan es OTRO espacio donde pelearse con sus iguales.

Es lógico que estas compañeras vengan a las reuniones con la esperanza de encontrar un espacio amable, cómplice, una charla amistosa donde poder descargar las tensiones acumuladas. ¿Pelear? por supuesto, también, pero contra los machirulos que tratan de amargarnos la vida, que siempre es una buena catarsis, no con las mujeres que comparten sus mismos intereses. No es que rehúyan el debate, ni tampoco se trata de que llenemos el espacio de flores y acabemos siempre sentadas en el suelo cogidas de las manos, no. Todas las que participamos en FELMA hemos elegido que nuestro estado sea la lucha permanente y que, para otras necesidades, están otros espacios, a los que asistimos gustosas muchas veces, eso es cierto, pero también es verdad que hay un camino intermedio entre la lucha constante y la autocontemplación pasiva.

Esa vía es la que yo no he sabido caminar con ellas y por eso, hoy, les pido disculpas.

Quiero reconocer su trabajo y su esfuerzo y expresar mi deseo de que continúen aumentando mi formación con sus ideas y su ejemplo.

Animo a mis compañeras de lucha -doblemente luchadoras, doblemente compañeras- a continuar el camino elegido junto a FELMA. Así haremos del grupo un espacio más útil. Así todas seremos más fuertes, más capaces y más libres. Seguro.

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